Carlos Larracilla

PALIDEZ CON ROSTRO
Óleo sobre tela | Carlos Larracilla
¿Alguna vezhan sentido o escuchado una imagen?
Al observarla obra de Carlos Larracilla, eso me sucede.
La siento,la escucho.
Es unasensación extraña, como de armonía interna, como reencontrar tu interior,afuera.
Comocaminar tus sueños, sobre líneas, sobre el policromo tenue, suave, nostálgico,como escuchar una melodía en tono menor, etérea, viajando en el ambiente, atravesandoel corazón, pero sin tocar, una caricia interna que te hace languidecer ynavegar sobre su influencia.
La obra deLarracilla es un momento sin tiempo, la expresión del subconsciente anhelante,buscando refugio en el interior colectivo del espectador, y es ese momento, sutiempo, con aroma a eternidad.
CarlosLarracilla es un artista  para laposteridad.
Eduardo Lemus
 9- Agosto-2011
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Published in: on agosto 9, 2011 at 8:34 pm  Comentarios desactivados en Carlos Larracilla  
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La marcha

Serendipitia – Diana Martin

Avanzo mirando al suelo, la cinta de asfalto es como unabanda sin fin, el adormecedor golpeteo de los pasos multiplicados haciendotorrente, me acoge, me arropa, acompasado murmullo en cuyo arrullo elpensamiento se pierde dentro, en el corazón.

Ahora ya no recuerdo cual fue la primera vez, he caminado yatanto, por tantas razones, y se ha avanzado tan poco que casi no se nota, peroheme aquí, aun caminando, y el horizonte aun sigue lejos.
Ya han pasado los días de euforia, los tiempos del coraje nocontenido, de la rabia en los puños, el poder en la garganta, los días en queel tiempo aun era eterno y todo era para nosotros, tiempos en que el futuroestaba a unos pasos, en la siguiente parada, ahora ya no, no se logravislumbrar.
Pero hoy, hoy prefiero marchar callado, sin ser percibido deser posible, sin ser mirado, las voces, los pasos, las consignas, parecenletanía de un ritual largamente desgastado, desvalorizado, que de tanto decir,ya no dice nada, y esa es una causa, entre tantas otras, por las que hoy,prefiero mirar adentro.
Husmeando mis propias ideas, que como estelas de humo,huidizas, naufragan en mi cabeza, me pierdo, me voy sin alejarme hacia otrosterritorios, los del alma, y es que, la indignación y la voluntad de resistirestán intactas, pero, ¿A dónde hemos llegado? ¿Qué hemos conseguido? ¿Cuántotiempo habrá que continuar? ¿A dónde llevara tanto caminar? Lo ignoro, sé adonde quisiera llegar, pero no más, con el corazón en un puño y los ideales enel horizonte, viendo hacia un sol crepuscular que se retira a dormir después decada jornada y con sonrisa burlona nos pareciera decir, acá los espero, nodemoren tanto en llegar.
Pero el paso cansa y avanzamos cada vez con mayor lentitud, ydurante el largo trayecto algunos eslabones de aquella cadena incorruptible, alpaso del tiempo, demostraron no ser del mismo material, hay mucho eslabónpodrido, que han sido alimento de la herrumbre, que de tantas pulidas parabrillar por sobre los demás, ahora no muestran más que la desgracia de sucondición frágil y vergonzante.
¿Qué ha pasado a nuestros rostros? antaño soñadores y decididos,y hoy, ajados y endurecidos, pasamontañas de harapos convertidos en coartada,mascaras de payaso, bufonescas siluetas acomodaticias y serviles, el puñalesperando a ser clavado en la espalda, de quien en verdad resiste al predador.
Y sin embargo aquí estoy, caminando, como antes, desdesiempre, queriendo llegar a donde el sol, con la rabia anudada en la garganta yuna luz en la frente que habrá de iluminar en la oscuridad, del abismo quequizá nos espere, al final del camino que se desmorona, durante esta largamarcha hacia la nada.
Ojala no me noten, ojala no me vean, pero ojala nos escuche.. . alguien, allá en el horizonte.
Published in: on agosto 9, 2011 at 8:17 pm  Comentarios desactivados en La marcha  
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El odio

El odio nos fundamenta y en el odio naufragamos. 

En el odio hemos sido educados, miedo disfrazado de odio, odio disfrazado de amor. 

El odio se nos inculca bajo otros nombres, lealtad, honor, orgullo, excelencia… 

El odio lo aprendemos con los ojos, de ese modo también aprendemos a llamarlo con otros nombres. 

El odio es la piedra fundacional de todo poder constituido, la génesis de toda estructura religiosa y la razón de las naciones. 

El odio nos obliga, nos somete, nos compromete a seguir su ruta trazada por siglos de odio en contingentes de combate llamados a enfrentar el odio ajeno. 

El odio lo respiramos, lo comemos, lo absorbemos, es odio lo que nos rodea y se nos inyecta por los sentidos, lo que nos arrojan a la cara en imágenes secuenciales, hileras infinitas policromas e impasibles que le normalizan e impregnan de cotidianidad perenne. 

A veces es lo único que nos nutre y sin embargo no debe ser nombrado, es social y políticamente incorrecto, aunque en el nos sumergimos cada día al despertar. 

¿Por qué el odio debe ser negado o simplemente silenciado cuando es a veces nuestra única verdad… lo más real? expresión honesta nacida en nuestro interior matizado por el hecho subjetivo que lo hace aflorar, es espejo turbulento de ese rostro que se esconde en el follaje del condicionamiento y las costumbres que moldean nuestro exterior. 

El odio al igual que el amor, embota nuestros sentidos obnubila la razón, nos lleva a descubrir el aspecto más grotesco, más nefasto, más vil y repugnante de la otredad que a la vez es uno mismo. Es parcial como el amor, es cojo, manco o ciego, negador totalitario de la otra cara del objeto odiado. 

Por odio nos sublevamos y asesinamos al igual que por amor, cuando se ama también se odia, son las caras de la moneda con que se paga la vida. 

El odio es lo que a veces nos hace levantarnos y avanzar, nos hace resistir, ayuda a no flaquear a persistir en el camino que tiene como horizonte, el odio. 

El odio cuando surge del subsuelo debe ser callado, reprimido, ese odio incubado por el odio dominante de cúpula dorada, opresor incongruente e intolerante poseedor de los cánones que rigen el funcionamiento minucioso de ese odio envolvente, el odio tiene propietarios exclusivos del derecho a ejercerlo.

El odio en manos del poder es justicia, en manos del desposeído es delito. 

El odio circula por nuestras venas como lava trepidante buscando salir. 

Odio genera la impotencia de no poder hacer nada ante la acción deliberada e impune de la muerte vistiendo la mano del poderoso enseñoreándose sobre la indefensión del débil, sumergido este en la vergüenza de no ser más que nada ante el puño inmisericorde. 

Sin embargo nosotros, nos dicen, debemos perdonar, el odio es veneno para el alma, cuando el alma ya ha sido asesinada por el odio que de arriba cae.

 

Eduardo Lemus
Publicado en: En Veces, Marzo 2010 
Published in: on mayo 14, 2010 at 1:16 pm  Comentarios desactivados en El odio  
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La Bestia

 

Eduardo Lemus 

Como sonámbulo camino, como entre bruma, como entre fango, y este zumbido constante en mi cabeza que parece hablarme como en dictado interminable. 

Mi cuerpo entumecido despierta, trabaja, duerme. 

Dentro, se acumula el rencor, la rabia, la impotencia, el cansancio. . . . Estoy por reventar. 

Para soportar la realidad, a veces, es menester detonar la bomba que la misma a alojado en nosotros, y liberar la rabia acumulada, para destripar al enemigo que nos consume y nos ahoga, que nos impide el total desenvolvimiento como individuos, esa bestia que nos hace insoportable el día a día y nos succiona hasta anularnos por completo en su interior. Nos convertirnos en ella misma, en parte integral de su cuerpo, y somos miembros del ente odioso e intolerable, somos nada y todo, somos la impotencia desesperada, somos lo que odiamos. 

Y nos revolcamos en ese fango que somos nosotros mismos, buscando con las manos como ciegos, dando golpes al vacio y solo encontramos las falsas salidas, las salidas embusteras, las únicas que quedan a mano, el suicidio, el homicidio, la agresión el engaño, la evasión onírica y toxica. . . 

Así pretendemos quitar la lapida de podredumbre que pesa sobre nuestra espalda como maldición congénita adquirida involuntariamente, heredada, cargamos con la mierda de generaciones pasadas y pagamos sus culpas, dejando las nuestras a quienes nos suceden en este corto pero interminable camino en declive, resignados a vivir con el miedo disfrazado de animal feroz. El enemigo es uno mismo. 

La rabia, es tanta rabia, agolpándose en la garganta como reflujo amargo, nausea convulsiva, autodestructiva, que se contorsiona en fractales de dolor y angustia, buscando el momento y el resquicio oportunos, necesarios para reventar la plasta, argamasa celosa que nos inmoviliza girando en remolino al interior de nuestra propia porquería. 

El deber es destruir la bestia. 

¿destruirla? 

¿Cómo? 

Destruirla sin destruirnos a nosotros mismos,* ¿Cómo? 

Pero es menester. 

¿Cómo? 

¡Si no sabemos que es! ¡De donde viene! ¡Que la genero! 

La bestia informe, nos observa con su mirada periférica, omnipotente, omnipresente, masa babosa anuladora, que se alimenta de nuestras fuerzas convirtiéndonos en entes estériles, piezas de ajedrez o de cualquier otro juego macabro. 

Pero la luz a veces llega, y llega reventando por dentro, como alarido en la noche de nuestra existencia, llega sacudiendo nuestro cuerpo como estertor de muerte, como vomito vendito y reivindicador, y se manifiesta en miles de formas-herramientas prodigiosas, sanadoras, liberadoras, y golpeamos con las manos, con los pies, con el cuerpo entero, con el razonamiento, proyectando esa rabia vuelta luz que desvanece por lo menos en instantes, la miseria que nos arropa como orugas ciegas e indefensas, y golpeamos, y golpeamos con pasión infinita, con creación destructora y desarticuladora a la bestia desde sus entrañas mismas, buscando abrir el hueco que nos muestre la Salida. 

Pero, no hay salida. 

Y desfallecemos. 

Y volvemos a la muerte lenta de cada día. 

Para volver a servir de alimento a la bestia, y fortalecerla con nuestro cansancio, con nuestra impotencia, con nuestro dolor. 

 

*Le robe la frase al Kristos Lezama, Ja!.


EN VECES (Bitácora del desastre) Enero 2010
Published in: on marzo 9, 2010 at 11:39 pm  Comentarios desactivados en La Bestia  
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Edgardo Badial

Con sus pinceles al hombro o bajo el brazo o en la bolsa trasera del pantalón -como sea-, esos pinceles, herramientas punzantes que como bisturís a cada trazo abren la grieta por la que se asoma un pedazo de su mundo interno, dándole paso para fundirse con la realidad que nos envuelve, creando con ello el retrato de su muy particular visión del mundo, para hacernos participes de sus anhelos, de sus angustias, de su dolor, sin restricciones, Edgardo Badial camina.

Para Edgar Badial el mundo es como un enorme circo, un mundo turbio e hipócrita en que las mascaras convencionales ocultan tras de sí, la cara poco agradable que produce la realidad en que vivimos, la vida diaria pues, esa vida que no podemos esconder de nosotros mismos como basura bajo la alfombra, porque es en parte, nuestra propia obra, la que construimos cada quien ayudados por nuestras limitaciones, muchas de ellas impuestas por el entorno que nos toco habitar como inquilinos forzados a ocupar un espacio insalubre, por carecer de recursos que nos permitan pagar otra realidad con mejor cara.

Y en ese circo global, en que se aplaude a quien en realidad nos está estafando con su escaso talento, riendo de los malos chistes de quien maneja el espectáculo, marcando el tiempo y ritmo de nuestros aplausos y gesticulaciones. En ese bizarro show, somos el conejo dentro del sombrero y el espectador estupefacto ovacionando nuestra propia muerte, a la vez.

La obra pictórica de Badial, no es imparcial ni apacible, es realmente combativa, sus cuadros desde el limitado espacio de la pared de donde emergen, nos observan y cuestionan, nos espetan, arrojando a nuestra cara esa otra realidad sin maquillaje, esa en que la muerte y el dolor son la constante. Y nos observa con la mirada de un payaso de risa irónica y burlona, desde las letras póstumas del suicida, desde las entrañas mismas expuestas al escrutinio de los paseantes, nos advierte con impaciencia de alarido, del engaño a que estamos sometidos en un mundo mediatizado, en donde las contradicciones se desvanecen con sutiles pinceladas de normalidad, y a esto precisamente, el responde con sus trazos oscuros, bruscos, agresivos, buscando con ello desprender el velo opaco de ese mundo de ficción en que se nos quiere hacer vivir, usando el arte como vehículo de resistencia y solidaridad con el verdadero ser humano, el que construye la vida diaria con su aflicción.

El arte, se dice, es espejo del espíritu, y en él nos reflejamos.

Y en este caso, es la puerta que el artista deja entreabierta para dar salida a las criaturas cautivas que habitan en su interior. Para así, librar la batalla pendiente con la bestia omnipresente, que nos devora a cada momento. Es el vehículo para vencer el miedo, y destripar al enemigo.

Eduardo Lemus

Flotando en el Vacío

En Veces

Published in: on febrero 2, 2010 at 11:23 pm  Comentarios desactivados en Edgardo Badial  
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